6/2/12

CARTAS DESDE PRISIÓN – Nº 49 Pedro Varela. Escenas en Prisión

 
CARTAS DESDE PRISIÓN – Nº 49 Pedro Varela. Escenas en Prisión

Caminamos en círculo, como los animales, siempre en círculo, como en el circo. Otros prefieren hacerlo arriba y abajo, como en el día del parto.
No sé cuántos pasos damos arriba y otros tantos abajo. Si hay suerte, algunos al sol. Siempre arriba y abajo, como en la jaula.
Un día llueve y tenemos pausa obligada. Pero cuando las últimas gotas desaparecen, sólo nuestros pasos permanecen los mismos. En círculo, siempre en círculo, como los animales a domar, alrededor del patio, sobre el duro cemento.
 
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Esperamos, como en una estación por la que no circula tren alguno. Unos apoyados en la barandilla, otros en cuclillas en la esquina, algunos indolentes apoyados a la pared. Los que tienen suerte, sentados en los pocos bancos de madera. De todas las bocas surgen humeantes pitillos que se agotan. Uno tras otro, sin fin, sin solución. Y el tren no llega. Oímos las señales. Y cómo se cierran las puertas, y los pasos de los guardias, y las voces por el corredor, y el carraspear y pitido de los walkies a su cintura. Y… esperamos. Pero no pasa tren alguno.
 
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Los internos pueden ser cual garrapatas. Aquí y allí te saluda uno con dientes marrones y a trozos, con un rostro lleno de malicia. Los ojos delatan la avaricia por sacarte un pitillo que no tienes o que le pagues un café que espera gratis. El mayor éxito consiste en sablearte un paquete de tabaco “que te devuelvo el lunes sin falta…” El lunes, siempre el lunes, que empuja al siguiente. Y la devolución nunca llega, ni llegará. Son así.
 
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Busco con los ojos, sin éxito, una cruz, un campanario. ¿Dónde se encuentra la iglesia? Y si no hay, ¿cómo ir a la capilla? Aquí está el cine, y el teatro, y la enfermería. Encontrarás la panadería, el dentista y el oculista, incluso una biblioteca central y un departamento psiquiátrico. ¿Qué más quieres? Pero se olvidaron de un sitio para Dios, el sagrario no tiene cabida. Un lugar de paz… ¿Acaso cura eso a las almas?
 
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Reventamos las rocas con oraciones, y al final somos como las flores y los abetos que vencen el cemento del presidio y usan la poca tierra para crecer más altos. Escuchamos desde la celda el piar de algunos pájaros y nos transportan al aire puro, el arroyo fresco y la suavidad de los prados. Todo lo que volveremos a tener el año próximo, o al siguiente, o a través de nuestros hijos, que son nuestro futuro, como nosotros lo somos de nuestros padres.
Desayunamos junto a la ventana. El árbol pierde sus hojas, si es que aún le queda alguna. Los gorriones se aprestan, en orden de parada, a su pitanza. Compartimos el pan con gusto. Por la ventana lanzamos con rapidez las migas que nos piden con sus miradas. Los guardias vigilan: una bronca, barrer todo el día e incluso un “parte” es el riesgo. Pero los labios del guardia permanecen cerrados y la llamada de atención no se produce. En sus pequeños cuerpecitos vemos de nuevo a nuestra madre hablándoles con cariño y respeto: “¡Son una monada, criaturas de Dios que no caen sin su consentimiento!” Qué valiosos son los pajarillos, cuánto cariño nos recuerdan, cuánta ternura despiertan en nosotros.
 
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Los hay más estrictos. Si no lo fueren temen, tal vez con razón, que los internos se tomarían el brazo. La disciplina es necesaria. Pero tras los uniformes no se esconden máquinas. En algunos hay personas que nos entienden y con sólo una mirada nos estrechan simultáneamente las manos. Aquéllos para quienes estamos en prisión cuentan con su bondad —sin que ellos lo pretendan—. Un gesto amable es suficiente para entender que a ambos lados de las puertas de acero hay seres humanos.
 
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La conversación nos permite olvidar los barrotes. Y entonces suena metálica la llave y un ojo que nos observa por la mirilla. La conversación muere.
 
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Por las paredes y rincones de la celda desfilan, marrones, las cucarachas. Una, dos, tres… Esta mañana hemos aniquilado unas cuantas. Pero su capacidad de reproducción nos supera. Llevan aquí más tiempo que nosotros y les gusta la mugre acumulada. Los anteriores inquilinos, sin duda yonkies, eran unos guarros.
 
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Yacemos en camas de hierro y reflexionamos. Abdemaliki me explica algo de la cultura bereber. Le escucho. En las pausas sigue leyendo el Corán. Cinco veces al día hace sus abluciones y reza, vistiendo chilaba, sobre una toalla dirección a la Meca. Nuestros libros sagrados difieren. El Creador de ambos es uno y mismo.
 
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En la mesa, mientras comemos, un nuevo interno se sienta ante nosotros. Cuando responde a nuestras preguntas sus ojos miran en diagonal hacia el techo. Tiene goteras en el terrado. Por el patio anda otro que se ríe solo y habla en voz alta marchando de un lado a otro, sin que nadie le escuche.
 
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El vago redomado es agradable. No ha pegado nunca golpe y vivió a costa de sus padres hasta los cincuenta, de taberna en taberna. Ahora cuenta con sablear al cura, al médico y al ayuntamiento del pueblo, cuando salga. A mi pregunta de qué hará cuando todo el mundo le conozca, responde con franqueza: “Cambiar de pueblo”. Me pide unos pantalones, ahora que ha llegado el frío. Le cedo unos de pana y anda más feliz que un niño con zapatos nuevos. Me promete el postre de dos días. Luego me confiesa que ya los tiene vendidos. El brick de leche, un cigarrillo; un plátano, dos pitillos; etc., es la Bolsa taleguera, una especie de mercado intercambiario que todos reconocen. Todo tiene su precio y todo vale algo, sin dinero. 

El menú se repite, semana tras semana, mes tras mes. A veces ya no queremos ni verlo. El cuerpo te pide otra cosa. Rollitos de primavera fríos, grasos y elásticos; los sándwiches blancos mal tostados del domingo noche, los macarrones inundados en aceite; los canelones con exceso de harina sobrecocidos, melosos e incomestibles; la repetitiva tortilla de patatas industrial a base de huevina; las patatas fritas tiesas sin más acompañamiento que un trozo de pimiento… Nos quejamos por vicio, les digo, fuera hay gente que lo pasa mal. Afortunadamente, dos o tres días a la semana hay algo interesante: potaje de lentejas, lasaña, garbanzos, huevos duros, espaguetis blancos y viudos, coliflor. Todos sueñan con la comida de la abuela, la madre, la esposa o la novia. Muchos son los que conocen restaurantes de ensueño… Pero pocos podrán permitírselos al salir de aquí. Sin embargo, David, un boliviano, nos sorprende: “Cuando esto acabe echaré de menos esta comida, cosas tan ricas, y tres veces al día”. No todos se quejan, pues. “Sin duda somos unos privilegiados en Europa”, añade Carlos “El Budista”. El colombiano y otro de Marruecos corroboran añadiendo: “Aquí te lavan la ropa cada semana y tienes médico disponible cada día, reina el orden, nadie te mata…”
 
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El señor mayor me cae bien. En la quietud, sus ojos están a veces llenos de sueños. Su mirada sin esperanza cruza los barrotes y vuelve a ver, con añoranza, lo que hace tiempo pasó. Porque con todo y su dolor, que hace que pague cada día por dos, nunca olvida la sonrisa.
 
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Sus “gorilas” buscan en nuestros hogares e intentan hacer de personas decentes criminales. Somos enemigos de la humanidad y estamos fuera de la ley. Al menos eso afirma, vociferante, el fiscal. Eso repiten también los periódicos, los que se publican hoy en día. Pero ahí fuera aún hay jóvenes que cantan melodías hermosas alrededor del fuego, en la magia del bosque. Son más callados, más serios y más reservados que otros de su edad. Porque piensan en muchas cosas, y en sus camarada que ahora son llamados “delincuentes”.
 
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Es el puente de la Inmaculada Concepción de María. Uno tiene en sus manos la foto de su mujer, que le mira  su vez. Para los de fuera, en el pueblo, es día de iglesia. Irán a misa, comerán en familia, harán la sobremesa… Sus ojos brillan mientras piensa en nuestro rancho cansino y los pobres diablos que le rodean. Todo parece tan lejano y cercano a su vez. Le consuelo: “Todo acaba, todo llega”.
 
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El día transcurre de pasada, como un sueño despierto. Lo que añoramos no nos lo puede dar jefe de módulo alguno; no tiene que ver con instancias, solicitudes ni recursos; no puede abrirlo el manojo de llaves ni posee el color de las actas o los muros de prisión; no es del material que están hechos jueces y fiscales. Lo que añoramos se encuentra tras las alambradas pero nosotros podemos adivinarlo a través de mil barrotes. De ello nos hablan las cartas: leemos sobre el verano y pronto el otoño y el invierno para que llegue la nueva primavera.
 
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A mi lado hay uno con profundas arrugas en el rostro. Cuando llegue la noche siguiente habrá perdido tres veranos, o cuatro. Son veranos valiosos pues las arrugas son profundas y el pelo casi blanco. Ha explicado sobre su vida, que pronto tocará a su fin. Una dura historia. ¿Cómo dictaría sentencia el juez, ahora, tras escucharle?
 
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Todo está perfectamente organizado y cada hecho delictivo tiene su condena. Cada objeto robado su pago y contraprestación en años y en días. Sólo por las primaveras y navidades robadas no hay condena alguna.
 
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Esta noche santa la hija, que ha hecho ya cinco años, volverá a pasar su segunda navidad sola. Las abuelas ya no están y los abuelos son demasiado mayores. Esta noche se mantienen los pasos de los guardias y el chiflado de al lado golpea como siempre y sin sentido la pared. Y aunque ningún árbol adorne el patio gris, el mensaje de la navidad permanece: “Bienaventurados los hombres de buena voluntad, porque el redentor por amor ha nacido.” Esta noche consuela saber que guardias y barrotes carecen de poder.
 
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Carlos o Abdemaliki aún no son lo suficientemente fuertes. Todavía les molestan el ruido y los portazos o el parloteo de los demás. Todavía les roba la paz cualquier tontería y almas pequeñas les fuerzan a pensar sobre ellos. Todavía les tortura un pensamiento que puede perforar el cerebro. Todavía no son suficientemente duros.
 
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Los funcionarios se impacientan aunque podría darles igual. Su servicio acaba al día siguiente. El nuestro dura siempre.
 
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Día de sábanas blancas. Como cada martes, son de aquellas cosas que se agradecen en este lugar. El olor a ropa de cama limpia tiene algo de hogareño y si cerramos los ojos nos lleva a la infancia, cuando estábamos enfermos y nuestra madre, tras la cena, nos traía el juguete de nuevo a la cama, o nos leía un cuento, o rezaba con nosotros al “ángel de la guarda”. Hay algo de sagrado en una madre.
 
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Nos llevan al teatro de la prisión. Tres humoristas se pasan un par de horas hablando de obscenidades y contando ocurrencias subidas de tono. Es una forma barata de entretener a los reclusos, pero nada edificante. Será por eso que con un par de veces he tenido bastante para todo el año.
 
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Los sábados por la tarde existe la posibilidad de ir al cine. Pero el 90% de las películas proyectadas son de crímenes, policías y ladrones, violencia gratuita y, como decimos en Cataluña, sang i fetge. Me pregunto si con ellas se pretende que los delincuentes se regocijen en su ambiente de origen.
 
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Hay sin embargo actividades reconfortantes en este módulo que no tenían los anteriores. En el patio se ha improvisado una red y los lunes suele venir un voluntario de la federación que, con gran paciencia, intenta enseñarnos a jugar a tenis durante hora y media. La pelota no siempre llega a algún sitio. El profe lleva desde los cuatro años jugando, yo llevo cuatro clases intentándolo. Empezamos cinco o seis y sólo quedamos dos (en el módulo somos 180 personas). ¿A qué se debe la indolencia generalizada, dado el abundante tiempo de que disponemos?
 
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En Artes Plásticas, una paciente educadora nos enseña a hacer cosas. Me pongo a dibujar sin haberlo hecho casi nunca y encuentro placer en ello, otra ventaja de este módulo. Si no fuera por el ruido insoportable, al que ellos llaman música, que suena estridente las dos horas que dura la actividad…
 
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Adrián, el joven rumano de Galatí, que anda siempre solitario, no come. Es silencioso y discreto. Pensaba que era otro descentrado, pues siempre está de pie y a la espera en la puerta del patio; pero me confirman que se siente solo. El buen jefe de módulo se acerca a la mesa para preocuparse por él y animarle a que pruebe bocado. Le propondré que me enseñe su idioma, tal vez así le consigamos hacer algo de compañía y mantenerle ocupado. Si la prisión es dura para los autóctonos, podemos imaginarnos la tristeza interior de los muchos foráneos, sin soporte exterior, sin familia cercana, sin dinero para nada, sin paquetes de entrada ni apenas correspondencia y nadie a quien llamar, sin visitas para comunicar ni vis a vis familiar. Y ahora que se acerca la Navidad, la añoranza por el hogar lejano hace enfermar el alma de nostalgia por los seres queridos.
 
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Viene a verme la buena sor Ángela, que aprieta mis frías manos para darles calor. Se interesa por mí y la situación del caso. Apenas tiene hermanas que compartan gustosas su labor. Y debe multiplicarse para atender varias prisiones. ¿Qué hacer? Una palabra amable, una mirada comprensiva es todo lo que el recluso necesita: “Estuve preso y me visitasteis”.
 
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Le expongo mis puntos de vista sobre la realidad penitenciaria en España: la mayoría de los reclusos son pobres y apenas hay ricos —muy pocos, si acaso alguno, añade ella—; el nivel cultural es bajo y el origen familiar humilde; la mitad de los presos están por consumir droga y la otra mitad por traficar con ella. Los que no, por robar para poder pagarla o por homicidio bajo sus efectos. El resto somos casos exóticos para decorar. Un 40%, si no más, son extranjeros. Nos despedimos, ha de continuar su periplo por la cárcel. Le ruego saludar entrañablemente a todos los que me recuerdan, las hermanas, los educadores y los residentes.
 
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A mediodía, en pleno diciembre, el sol se va poniendo de forma que sus rayos entran en diagonal por entre los barrotes y calientan una esquina de la celda. Ponemos el rostro cara al sol y nos dejamos acariciar. A eso de las cuatro desaparece tras los altos muros y se produce un cambio radical. En cuestión de minutos, un frío húmedo lo invade todo y cerramos la ventana para atesorar esos rayos del astro rey, otro don del Creador.
 
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¿Qué saben los jueces de nosotros? Dónde y cuándo nacimos, nuestro color de pelo y cómo se llaman nuestros padres, que hemos dicho esto, escrito aquello y publicado lo de más allá, que nos ha sido autorizada una lámpara en la celda y la visita de familiares, y cuántas páginas tienen los informes de las juntas de tratamiento. Pero nada más. No saben que nos gusta cantar alrededor del fuego y escuchar música bajo las estrellas, que tenemos un libro preferido, un poema recordado y amigos de lealtad inconmovible, como de otra época, que no conocemos la palabra rendición y aún menos incondicional, que esperanzados corazones femeninos grandes y pequeños nos esperan fuera. No piensan, cuando intentan apagar el fuego de nuestra añoranza con las tapas de sus rollos judiciales, que éstos serán presa de las llamas que han exorcizado. Cómo van a saber que odiamos todas las prisiones en las que ellos se sienten como en casa.
 
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Éste y aquél aún recuerdan el día del juicio. Había que esperar en la pequeña habitación tras la puerta pesada. Los meses anteriores no fueron tan largos como aquellas horas. Tres pasos arriba y tres pasos abajo. Al otro lado de la puerta, las personas caminan y cada una de ellas hace con sus suelas un ruido diferente. Nuestros pasos en cambio son uniformes. Una mujer hacer sonar una campana. Los amigos en el corredor esperan como nosotros. Los ujieres y guardias se impacientan, pero les podría dar igual, su servicio acaba a las tres de la tarde, el nuestro no ha hecho más que empezar. El fiscal mueve su boli y mira con aire de autosuficiencia. La juez hojea haciendo ver que le interesan los “libros delictivos” y comprueba en la página tal o cual si el acusado pretendía difundir sus opiniones o la de los autores de los libros, auténticas eminencias en su campo. En los bancos del público, amigos, enemigos, periodistas y curiosos se apretujan entre ellos como sardinas. Cada cual tiene su motivo para asistir y todos lo encuentran. Entre ellos a alguien le brillan los ojos, pensando en un largo tiempo de soledad, una, dos navidades, tal vez más. Aquí todo era diferente a como aparece en los periódicos. Los abogados tienen un aspecto magnífico y llevan a cabo un buen papel. El acusado salta: “¡Eso no es cierto!”  La juez advierte con severidad mientras su secretaria judicial nos compadece con los ojos ante lo que sabe cierto. El fiscal busca subrayar su acusación con la declaración de algunos policías que, cuatro años después, pretenden recordar cómo fueron las cosas. Y, sin embargo, alguno le sale rana, no declarando lo que esperaba.
 
Pedro Varela
 
*En agradecimiento a Konrad Windisch, que también sufrió prisión por sus pensamientos prohibidos.
 

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